1 Trabajo presentado en la apertura del Congreso Brasileño de Lectura, realizado en Campinas,
Sao Paulo, en noviembre de 1981.
Me parece indispensable, al tratar de hablar de esa importancia, decir
algo del momento mismo en que me preparaba para estar aquí hoy; decir algo
del proceso en que me inserté mientras iba escribiendo este texto que ahora leo,
proceso que implicaba una comprensión crítica del acto de leer, que no se agota
en la descodificación pura de la palabra escrita o del lenguaje escrito, sino que
se anticipa y se prolonga en la inteligencia del mundo. La lectura del mundo
precede a la lectura de la palabra, de ahí que la posterior lectura de ésta no
pueda prescindir de la continuidad de la lectura de aquél. Lenguaje y realidad
se vinculan dinámicamente. La comprensión del texto a ser alcanzada por su
lectura crítica implica la percepción de relaciones entre el texto y el contexto. Al
intentar escribir sobre la importancia del acto de leer, me sentí llevado –y hasta
con gusto– a “releer” momentos de mi práctica, guardados en la memoria, desde
las experiencias más remotas de mi infancia, de mi adolescencia, de mi juventud,
en que la importancia del acto de leer se vino constituyendo en mí.
La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de
“leer” el mundo particular en que me movía –y hasta donde no me está traicionando
la memoria– me es absolutamente significativa.
Los “textos”, las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban
en el canto de los pájaros: el del sanbaçu, el del olka-pro-caminho-quemvem, del
bem-te-vi, el del sabiá; en la danza de las copas de los árboles sopladas por fuertes
vientos que anunciaban tempestades, truenos, relámpagos; las aguas de la
lluvia jugando a la geografía, inventando lagos, islas, ríos, arroyos. Los “textos”,
las “palabras”, las “letras” de aquel contexto se encarnaban también en el silbo
del viento, en las nubes del cielo, en sus colores, en sus movimientos; en el color
del follaje, en la forma de las hojas, en el aroma de las hojas –de las rosas, de los
jazmines–, en la densidad de los árboles, en la cáscara de las frutas. En la tonalidad
diferente de colores de una misma fruta en distintos momentos: el verde
del mango-espada hinchado, el amarillo verduzco del mismo mango madurando,
las pintas negras del mango ya más que maduro. La relación entre esos colores,
el desarrollo del fruto, su resistencia a nuestra manipulación y su sabor.
Fue en esa época, posiblemente, que yo, haciendo y viendo hacer, aprendí la
significación del acto de palpar.
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Me refiero a que la lectura del mundo precede siempre a la lectura de la
palabra y la lectura de ésta implica la continuidad de la lectura de aquél. En la
propuesta a que hacía referencia hace poco, este movimiento del mundo a la
palabra y de la palabra al mundo está siempre presente. Movimiento en que la
palabra dicha fluye del mundo mismo a través de la lectura que de él hacemos.
De alguna manera, sin embargo, podemos ir más lejos y decir que la lectura de
la palabra no es sólo precedida por la lectura del mundo sino por cierta forma
de “escribirlo” o de “rescribirlo”, es decir de transformarlo a través de nuestra
práctica consciente.
EDUCACIÓN COMO PRÁCTICA DE LA LIBERTAD PAULO FREIRE
Paulo Freire nos contesta diciendo que la educación verdadera es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo. En boca de este extraordinario pedagogo pernambucano, la afirmación está respaldada por una amplia experiencia llevada a cabo no sólo en Brasil sino también en Chile, o sea, en la compleja trama de la realidad latinoamericana, donde plantear tan sólo la posibilidad de la transformación del mundo por la acción del pueblo mismo, liberado a través de esa educación, y anunciar así las posibilidades de una nueva y auténtica sociedad es convulsionar el orden ana-crónico en que todavía nos movemos.
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La alfabetización, y por ende toda la tarea de educar, solo será auténticamente humanista en la medida en que procure la integración del individuo a su realidad nacional, en la medida en que le pierda miedo a la libertad, en la medida en que pueda crear en el educando un proceso de recreación, de búsqueda, de independencia y, a la vez, de solidaridad.
El documento N° 1 “Gestión Escolar Efectiva” se ha enfocado en una gestión
escolar que apunte a que los estudiantes desarrollen todo su potencial, de
manera que alcancen las expectativas de sus sueños.
El papel de la dirección es sumamente importante para lograr que la gestión del
centro educativo sea efectiva; es decir, para que la gerenciación y la administración
adecuada de recursos humanos y económicos, tiempo, ambiente e infraestructura
logre el resultado esperado, que los estudiantes aprendan más
y que ese aprendizaje les sirva para la vida.
En otras palabras, la dirección escolar debe estar comprometida con el
logro de los objetivos del centro educativo, y con la generación de condiciones
enfocados en la mejora de los aprendizajes de los estudiantes.
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